enrique marty

 





Antes de nada, te dedico un poema…





Soy Dios

lo juro,  

soy Dios

gusano



Polvo

Mi único error



Me siento incómodo, porque las palabras son larvas y todo es falso y blando. Sólo yo soy sólido. Lo que para los países son acontecimientos cruciales, generaciones que nacen y mueren, para mí son sólo un juego de mi imaginación. Duran un segundo y se van. Soy Dios y te digo que una mota de polvo como tú no debe darse importancia, sino, como mucho, introducirse en una nariz y provocar un estornudo.


No, en realidad yo no soy Dios. Dios es diferente a mí, es un viejo incompetente, feo y aburrido. Yo, en cambio miro mi imagen en el espejo y contemplo al ser más excitante de la creación, que, de hecho, es obra mía… No… Yo no he sido el creador, yo le he ordenado a Dios, que es un obrero perezoso a mis órdenes:

–¡Dios, levántate ahora mismo y haz al instante todo lo que yo te mande, crea doce universos y haz que algunos se entrecrucen, haz dimensiones paralelas, materia oscura para producir misterio, llena todo de estrellas para iluminar un poco! ¡Fabrica algunos millones de planetas y pon al hombre a mi imagen y semejanza a vivir en uno de ellos! Después inventaremos una historia fascinante, elegiremos a un grupo pequeño y le diremos que son los elegidos para reírnos de ellos. Mejor todavía, haremos creer a muchos pequeños grupos que ellos y sólo ellos son los elegidos, nuestros favoritos. Inventaremos muchos nombres para ti, y les darás órdenes absurdas y contradictorias y les amenazarás continuamente con las penas de un lugar siniestro con llamas y calderos. Mientras, yo estaré escondido, riéndome continuamente de los hombres.


Uno mis inventos mas divertidos han sido los nobles, y sobre todo los reyes, los reyes como tú. Lo siento, mota de polvo, lo siento… Pero aquí estás, insufrible, caminando con tu corona y tu barba sucia, arrastrando tu capa de armiño ennegrecida hasta tu trono de madera, rodeado de tu cohorte de carcoma. Una mota de polvo como tú no debería darse importancia, sino guardar silencio y escuchar atentamente que hace mil billones de años yo también era normal. Era un niño. Un conglomerado amorfo de átomos, carbono y cuatro nimiedades más unidas por una obsesiva emulsión de ectoplasma. Como una cucaracha que corre ansiosa hacia un zapato para ser aplastada y que come diariamente matacucarachas hasta reventar de gorda. Me harté de pisotones y del veneno que me alimentó desde mi infancia. Si comes poco veneno mueres, si comes mucho engordas. Ésa fue mi dieta infantil, veneno en el desayuno, en la comida y en la cena. Por la noche, en la cama, sentía en mis encías la vibración del sonido de los engranajes del mundo, girando lentamente, rozando unos con otros. Me asomaba a la ventana. La ciudad estaba en absoluto silencio. Nadie se atrevía a hacer el más mínimo ruido para no perturbar el concierto que el mundo me ofrecía.

   

Ahora ya casi no tengo pensamientos que me intranquilicen. Aunque hay uno de los recuerdos de mi infancia que me llena de dolor. Mi primer ídolo destruido. Quiero ser conciso, contarlo rápidamente, sin adornos. Allá voy. Una mañana encuentro un pulpo en la playa, lo llevo a casa y lo acomodo en el lavabo. Poco a poco, lo voy reconociendo como a un pequeño ser divino y empiezo a venerarlo. Pocos días después, mientras estoy en la bañera, veo a través de la cortina que algo se arrastra en el suelo. Un pequeño caos reptante cruza la puerta del baño y se dirige al pasillo. Termino de ducharme, divertido porque mi dios incipiente ha salido de su lavabo. Salgo del cuarto de baño, le llamo, no viene, no le veo en el pasillo, voy al salón. Mi familia está reunida alrededor de la televisión, comiéndoselo. Una de mis hermanas me pregunta si quiero un trozo mientras mira la pantalla y un pequeño tentáculo sale de su boca.


Le odié a él por haberse dejado comer más que a mi familia por comérselo. ¿No se suponía que eras un primigenio, que venías de la secta del mar? ¿Cómo es posible? ¡Un grupo de átomos amalgamados comiéndose a un dios menor!


Esa misma noche, mi hermana se levanta de la cama para ir al baño a vomitar. Ve una niña con zapatos blancos volando en el pasillo. Aterrada, vuelve a despertar y ve que la niña está sentada a su lado en la cama y que tiene unos espasmos rarísimos. Despierta de nuevo y se mete en la cama de mi otra hermana, que inmediatamente se vuelve blanda y gelatinosa. Una vez más, despierta, enciende la luz y bebe agua pero en el vaso hay algo borroso y ancestral flotando. Suelta el vaso, se rompe, el ruido le hace despertar, las venas y sistema nervioso de las paredes y el techo de la habitación laten y palpitan, despierta, corre al salón, la familia entera está sentada en el sofá arrugándose rápidamente, ella misma también esta arrugándose, y entonces despierta, los muebles flotan, los peces tienen enormes colmillos… Acostúmbrate hermana. ¿O quieres que te desenchufe? ¿Que te abra en canal para sacar de tu cuerpo los tentáculos de mi dios que estrangulan tu estómago? ¿Quieres una pequeña autopsia…?


Había estudiado en el colegio a Andreas Pesalius, el famoso anatomista del renacimiento que al abrir la caja torácica de una niña que había muerto repentinamente, en la ciudad de Karmakoma, oyó el sonido de su corazón, y vio que… sístole tras diástole tras sístole tras diástole… se contraía y expandía fuerte y sano. Pesalius fue acusado de asesinato por la Santa Inquinación y condenado a muerte. Pero finalmente la pena fue conmutada por una peregrinación a la ciudad de Mazapaném. Donde todo era perdonado. (¿Llegaría allí Pesalius con todos sus dientes después del interrogatorio de los inquinadores?) Yo tenía unas enormes ganas de ir también, creyendo que fuera lo que fuera lo que hubiera hecho, todo quedaría perdonado al llegar a la ciudad santa. Como mi intención era la de hacer siempre todo el mal posible, decidí ir a Mazapaném lo antes que pudiera, confiando en que el perdón funcionara también con efecto retroactivo.


Además, la vida en la raquítica ciudad de mi familia se había vuelto muy incómoda. Desde hacia dos años un hombre alto, de rasgos egipcios, quería leer mis pensamientos, que eran primarios y caóticos. Lo encontraba casi todos los días, sobre todo por las tardes,  en la misma calle de la ciudad vieja por la que yo tenía que pasar para llegar a casa. Llevaba en la mano un aparato al que curiosamente nadie, excepto yo, prestaba atención. Estaba lleno de cables y resortes, y su parte principal era un fuelle rudimentario que servía para que el instrumento respirara. Un Oopart absurdo y mugriento, con aspecto ridículo. Una máquina para leer la mente que necesita respirar es como un Cristo de madera que baja de la cruz y persigue a los ladrones que le han robado los ojos de cristal.


Así que el mismo día que cumplí 18 años huí a Mazapaném.


Allí vivía un hombre que, siendo un niño, había sido expuesto en los periódicos como un monstruo de feria. Todo el mundo hablaba de él. Incluso había universidades interesadas en despellejarlo para observar el fenómeno más detalladamente. En lugar de tener órganos internos humanos, había nacido con los de una medusa. No, no es así. En realidad muchos de sus órganos eran normales. Pero los intestinos y el estómago, por su extrema particularidad, necesitaban ser reblandecidos con alcohol continuamente para mantenerse vivos: de no ser sometidos a esta especie de maceración, se endurecerían y morirían. Lo había intentado con toda clase de líquidos, incluso agua. Probó a inyectárselos, a calentarlos y respirar sus vapores, a sumergirse en ellos, a aplicárselos con fricciones y masajes. Pero ninguno de estos métodos le dio resultado, salvo el de beber alcohol en cualquier variedad. Yo estaba verdaderamente interesado en contactar con él, ya que una broma estúpida de algún demiurgo nos había convertido en dos seres complementarios: mi sangre, rojísima, tenía un porcentaje de alcohol altísimo, más alto que cualquier bebida de muchísima graduación. Mi repugnancia a los dobles y a la simetría en general hacía la broma todavía más cruel y convertía en urgente la necesidad de vengarme de ese maldito demiurgo. El hombre medusa era muy conocido en cierta parte de la ciudad, en la que pasaba los días, siempre necesitado y dependiente, siempre borracho y triste, siempre suplicando bebida en los bares de la zona, haciéndose más y más blando. Allí le encontré. Y una vez probó mi sangre no quiso volver a beber nada más.


Me convertí en su único proveedor. Al emborracharse con mi sangre se ponía tierno y me confesaba que estaba obsesionado por una chica que conocía y por la que sentía un profundo deseo: soñaba que se iba a la cama con ella, y que ella levantaba su falda y se quitaba sus dos piernas falsas. Le excitaba sobre todo el valor de la mujer al quitarse las prótesis. Hacía falta ser muy valiente para irse a la cama con alguien y no decirle antes que sus dos piernas eran de madera.


Él clavaba sus dientes en mi cuello y sorbía mi sangre hasta hartarse, sin importarle lo mucho que yo me debilitara por esta operación. Poco a poco el egoísmo del hombre medusa comenzó a producirme un deseo de venganza mayor incluso que el que sentía hacia el dios idiota que nos había unido, y mi odio se volvió contra él. En todo ese tiempo en el que le permití succionar mi sangre fui alimentando con mi odio una fuerza imparable. Así que me dejé exprimir únicamente como inversión a largo plazo. Una noche su ansia excedió el límite. Le aparté violentamente de mi cuello cuando estaba a punto de acabar con toda mi sangre. Pero una sola gota en el cuerpo me bastaba para vivir. Me encontraba fuerte e inmisericorde. El odio me daba tranquilidad. Le pedí que me acompañara a la calle. Se negó, quería más sangre. Pero era tan débil que no me costó nada arrastrarlo fuera, a la parte más oscura y siniestra de aquella calle. A la parte más dura. Yo iba a quedarme algo a cambio de toda aquella sangre, y la única parte que me interesaba mínimamente de aquel hombre tan blando era la que sobresalía de sus encías. Su única parte dura, como bien sabía mi cuello.


Mi idea era fabricar un collar y enviárselo, por el bien del mundo, a la Virgen de Montserrat.


Justo después, con las cuentas de mi collar en el bolsillo, me fui a un club nocturno a recuperar algo de la sangre que había perdido. Unas horas más tarde había litros corriendo de nuevo por mis venas. Mi alimentación infantil a base de matacucarachas me había hecho adicto al mdma, que consumía a diario y en grandes cantidades casi desde que tuve uso de razón, y que realmente no me producía otro efecto que una beatífica inmisericordia. En el club no podía apartar la mirada de una travestí de rasgos orientales que bailaba con un ritmo hipnóticamente distinto al de la música que sonaba, que por cierto era atroz. Pelo negro, ojos negros muy remarcados en negro. Vestido muy corto de leopardo. Brazaletes en los brazos, y tatuajes de henna en forma de serpiente. Los latidos de mi corazón estaban ya acompasados al ritmo exacto del movimiento de aquel ser sobrenatural. La luz estroboscópica producía el efecto de que sus miles de brazos y piernas se movían a cámara lenta, recogiendo de mi cabeza miles de pensamientos que seguían el movimiento de cada unos de sus miembros, adoptando posturas imposibles para fundirse unos con otros. Ahora ya no existía nada más alrededor. Mis pensamientos estaban desbocados, iban y venían libres, bailaban enroscados alrededor de aquella travestí tan perturbadora. Pensamiento, recuerdo, movimiento de brazo, dos brazos más, piernas, luz, miles de brazos se encienden y apagan, arriba, más arriba, sólo centro. Millones de pensamientos simultáneos condensados en una décima de segundo; vestido, dientes, rojo, azul, pentágono, c, h, no, hexágono, ardiente, copia, estrella, ovni, mercurio, Venus, Vulcano no existe, existe, tierra hueca, sol negro, cinco ruedas, Ezequiel, faraón, flash eterno……………… nada……, miro el baile sin hacer ningún esfuerzo por mantener la atención hasta que también el baile desaparece. Quedo sólo yo… ¿Quién coño soy yo? Necesito más tiempo… todo se mueve…… luz…… debo moverme…… me quiero ir de aquí… a otra ciudad…… a Ojaxca...… Nietsher…… pensaba…… curado… no…… a Tarónida… no…… yo también debo moverme… no… antes iré a…… si quiero romper…… a Califragi…… sí… superficial……… de la papilla cuántica… el lugar mas raro… Lenta…… del… y…… sensualmente… mundo……


La habitación de mi hotel en la extraña ciudad de Califragi, capital de Sardonia, era ridículamente enorme. Desde hacía unos días, prácticamente desde mi llegada, estaba muy desasosegado por el miedo que me producía recibir la visita de alguien a quien, en un momento de flaqueza, había invitado a pasar unos días conmigo. La simple idea me provocaba una ansiedad altísima, así que pasaba todo el tiempo que podía fuera del hotel para estar ilocalizable. Intentaba salir de mi habitación lo más temprano posible y volver muy tarde para evitar un encuentro con mi terrible visitante en la recepción del hotel. Así que recorrí la ciudad hasta la extenuación. Visité todos sus museos. Incluso repetí varias veces el de ciencias, donde se exponían modelos anatómicos de cera de cuerpos humanos pornográficamente abiertos como frutas. Paseé por pequeños y silenciosos jardines elevados sobre la ciudad desde los que se veía el mar, llenos de plantas de adormidera con flores preciosas. Y encontré, al final de un camino, un templo pagano casi en miniatura, rodeado de pequeñas estatuas de dioses, dioses pálidos, inmóviles, guardando total silencio, mirándome aterrados, como si yo fuera era el único capaz de hacer ruido y estropearlo todo.


La ciudad de Califragi se agotó rápidamente. Le había succionado el tuétano y masticado el hueso, triturándolo hasta convertirlo en harina. En poco tiempo no había ya nada ni nadie. Literalmente, la ciudad se evaporó. Sólo veía un espacio vacío blanco pálido donde, a lo lejos, estaba escrita una palabra en un letrero luminoso: “Karmakoma”. Como era el único camino posible, me fui andando a Karmakoma, donde ocupé una habitación en un hotel del centro.


Me encerré en mi cuarto todo lo que quedaba de ese día, agotado. Al día siguiente me desperté a las once y bajé a desayunar alrededor de las doce. Los desayunos se servían sólo hasta las diez y media. Me pareció insultante que no se hiciera una excepción conmigo. Así que decidí desayunar en la cafetería de al otro lado de la calle, enfrente del hotel. El Café Sasafrás. Los dos camareros y todos los clientes parecían salidos de cuadros del Meroviggio. Un hombre idéntico al retrato de Camaffeo Barberini estaba leyendo el periódico justo a mi lado, en la barra. Noté que quería conversación. Sin duda, este hombre había ido al Sasafrás todos los días de su vida y tenía curiosidad por saber quién era el nuevo cliente. Hice todo lo posible por ignorarle durante un rato, hasta que se dirigió a mí y empezó a hablarme.

–Señor, ¿está usted aquí por turismo?

–No, estoy por trabajo –contesté.

–Pero seguro que tendrá tiempo para visitar la ciudad. ¿Viaja usted mucho?

–Todo el tiempo –respondí, seco y cortante.

–Ooooh, claro –siguió, sonriendo y agitando su mano–. Pero en esta ciudad hay de todo, seguro que aquí se va a quedar por un buen tiempo. Yo nunca he salido de ella. Aquí está todo lo que yo necesito. Basta con respirar profundamente y estás respirando el mismo aire que respiraron los creadores de la civilización, los papas, los emperadores. Yo conozco esta ciudad como la palma de mi mano. Mucho mejor, en realidad, porque dedico más tiempo a observar la ciudad que a contemplar mi mano. Yo conozco muchas leyendas, y acertijos que encierran conocimientos secretos –añadió con misterio–. Si alguien quiere saber algo de esta ciudad, viene y me lo pregunta a mí. Incluso doctos investigadores han acudido a mí para recoger material para sus escritos. Yo mismo estoy escribiendo un libro de adivinanzas sobre la ciudad de Karmakoma. Mire, le voy a proponer una muy fácil, “Ocho columnas por delante, muchas más por atrás, si no entras, no lo verás.”

–Déjeme pensarlo –contesté, por quitarme de encima a este hombre tan redicho. Pagué, me despedí, y dejé el bar.


Mi intención era no dedicar ni un solo segundo de mis pensamientos a su acertijo. Pero cuanto más quería olvidarlo más me sorprendía a mí mismo rebuscando por la arquitectura de la ciudad algo que coincidiera con esas ocho columnas que se convierten en muchas más si entras a través de ellas. Encontré multitud de cosas que podían ser la solución. El planteamiento era demasiado genérico. Comencé a odiar al hombre de la adivinanza: había estropeado mi día haciéndome vivir en un mundo de ocho columnas. Por la noche le odiaba de verdad, con furia. Lo recordaba como una bolsa de carne conteniendo unos órganos mal dispuestos. Volví caminando hacia hotel, enfurecido. Pensando que volvería a la mañana siguiente al bar y le daría una paliza. O que le esperaría a la salida por la noche y le rompería por la espalda un bate de béisbol en la cabeza. Por la calle, totalmente desierta, vi a lo lejos varias personas, muy altas, inmóviles, en contraluz, que se encontraban exactamente en mi camino. Las conté. Eran ocho, por supuesto. Seguí caminando cada vez más deprisa hacia ellas,  y pude ver que había más, muchas más. Vino un coche, se paró al lado de una de las figuras, que subió. El coche arrancó y se fueron. Ahora las veía con detalle. Eran mujeres encima de unos tacones y plataformas muy altos, fui hacia ellas, vosotras os llevaréis la paliza…


La mañana siguiente, eufórico, fui al Café a contarle al miserable barrigudo que había descubierto la solución. Pero él contestó que no, que yo estaba equivocado, que la respuesta correcta era el Panirón de Árnica, el famosísimo templo antiguo. El hombre, muy divertido y animado por mi error, me propuso otro enigma. “Tres señoras que dan miedo y un convenio cae en el tedio”. Mi furia contra él creció aún más. No sólo no me había vengado sino que de repente me encontraba con otro acertijo que cargar a mis espaldas. De nuevo intenté olvidarlo, de nuevo fue inútil. Ese día, por la tarde, tres condesas viejísimas y decrépitas quisieron sacrificarme en la misa negra que estábamos compartiendo.


Al siguiente día, entré en el bar realmente dispuesto a no permitir que me endosara otra adivinanza. Pero nada más verme me dijo, sonriente: “Bajo tres columnas y dos pilastras no me digas que te arrastras”. Cuando llegué a su altura ya sentía el acertijo cubriéndome del mismo modo que si me hubiera derramado por encima un barril de miel. Pegajoso y dulzón. Tomé de un trago un café doble y me fui a toda velocidad a una cita. Tropecé y caí en un saliente de la acera que se encontraba exactamente debajo de las tres columnas y dos pilastras de la Logia Masórica. 


Decidí no volver al Sasafrás. Pero, al salir del hotel un día más tarde, encontré al maldito de pié, en la acera de enfrente. Me gritó: “Los prohombres ríen, dos de pié, otro dice amén”. Unas horas después fui detenido por dos policías de paisano muy chistosos que me entregaron al alguacil y al juez, y yo dije amén para no faltar a la verdad de la profecía.


Día tras día, durante todo el tiempo que estuve en la ciudad, se las arregló para proponerme una de sus pegajosas adivinanzas. Me influían de tal forma que mi día quedaba marcado irremisiblemente. Pero su interpretación de los acertijos era, siempre, distinta de la mía. “Hay dos brazos que te abrazan al fondo de la vía, y allí nuestro padre te espera todavía” era, según él, ¡la Basílica del Vataniri!. Pero para mí se convertía en un cura que quería violarme en un baño público.


El momento en que decidí terminar tajantemente con este asunto de las adivinanzas, fue el día en que me propuso “En la pequeña plaza los dioses se levantan, oro debes dar si allí quieres regresar”. Esa tarde, durante mi siesta, una mancha amarilla como la miel y muy luminosa, entró en mi habitación. Acto seguido entraron dos seres: uno pequeño y silencioso, que se fue enseguida; y otro más alto, musculoso y todo negro, que me anunció que yo era inmortal, pero que, a cambio de esta revelación, yo les debía una cierta cantidad de oro. Un segundo después, el hombre negro alto y musculoso se volvió blanco, bajo y blando. Había un olor muy fuerte en la habitación, desagradable, agrio, insoportablemente irrespirable, que me resultaba familiar. Yo conocía ese olor, pero no lo localizaba en mi memoria. Así que le ordené a mi subconsciente que me hiciera recordar en el momento adecuado.


Durante este tiempo en Karmakoma, fuera cual fuera la situación en la que me encontrara, sentía una inmensa tranquilidad que actuaba como combustible de un enorme y auténtico poder creciendo en mí. No estoy hablando de un poder metafórico o poético. Mi poder era perfectamente medible, pesable, definible, satánico.


Se es un héroe cuando uno hace lo que quiere y no cuando se hace el alarde de mediocridad del sacrificio por los demás. Una búsqueda de aplauso y de reconocimiento social. No lo dudes ni por un solo instante. Un héroe, un santo, un benefactor, han llegado a serlo únicamente porque hubo un momento decisivo en su vida, un momento en el que hicieron una elección. Tuvieron que elegir entre ser héroe o dictador, santo o asesino en serie, benefactor o genocida. Llegado a este punto, te voy a estropear tu momentáneo pensamiento glorioso. El que estás teniendo justo en este instante. Te sientes alabado por mí. Encuentras justificación a tus actos. Tú siempre haces lo que quieres y pasas por encima de quien sea para conseguir tu recompensa. Pero aquí viene lo más interesante: hacer tu santa voluntad estropeando la de los demás es algo mucho, mucho más mediocre todavía. Nunca aciertas, señor mío, nunca aciertas…


Lo que es realmente grandioso es lo que yo estaba a punto de conseguir en este momento mi historia. Algo que, a priori, parecía tan lejano como el abismo existente entre dos átomos: que los deseos del universo y los míos fueran los MISMOS.


Pero sigue leyendo esta fascinante historia de cómo me he  convertido en tu dios.


Los meses de Karmakoma me dediqué casi a tiempo completo al terrorismo, fabricando unos explosivos enormemente conmovedores con azufre, pastillas, latas vacías y cables pelados. Con ellos casi reduje a polvo la ciudad y con ella el bar de las adivinanzas y  sus parroquianos, todos. El Café Sasafrás saltaba por los aires en el momento en el que yo abandonaba la ciudad, hacia el norte.


En Torazo me alojé en el Hotel Des Macistes. Estaba infantilmente feliz por dos motivos. El primero era la cercanía del hotel, apenas dos calles más arriba, a la vivienda de Fiedrick Nietsher, el famoso defensor de los caballos castigados. Y el segundo motivo, el más importante, era la lluvia torrencial que me acompañó casi constantemente. Disfrutaba mucho de las caras de consternación de la gente que no sabe vivir con la lluvia y las nubes y que reza todos los días por la llegada de la mediocre luz del sol.


Pero algo enturbiaba mi alegría. Hacía unos meses que tenía dolor de cabeza casi cada día. Esto empezaba a preocuparme, entorpecía mis pensamientos y los volvía perezosos y lastimeros. Una noche, mientras estaba a la deriva por el entramado perpendicular de calles, el frío cesó y la lluvia cedió el paso a la nieve.  Maravilloso,  el dolor de cabeza comenzó a disminuir. Los contornos borrosos de la plaza Carigcanno se fueron enfocando. Podía ver cada copo de nieve cayendo despacio, mostrándome orgulloso la belleza de todos sus cristales. La estatua de la plaza tiritaba empapada cobardemente. Miré al suelo y vi varias manchas rojas en la nieve. Estaba lloviendo sangre, la ilusión de toda mi vida estaba ocurriendo allí, en Torazo, ¡por fin estaba lloviendo sangre sobre la nieve! Me reí a carcajadas de todos los poetas que imaginaban sus pobres metáforas y no eran capaces de hacerlas carne y sangre. Todos los santos de medio pelo que atosigaban al mundo sin descanso, buscando protagonismo continuo con sus trances y sus amenazas. Estaba lloviendo sangre a mis pies. ¡Jodéos místicos, jódete San Jumán, Santa Marquesa, San Pancisco! ¡Jodéos artistas, jódete Riviera, Prubens! ¡Vete a la mierda Meroviggio! Sólo habéis creado simulacros.


Después de unas horas de euforia, jugando en la nieve, volví al hotel. El recepcionista me miró estupefacto, saludó, me dio la llave muy serio, levantando la barbilla, e inmediatamente cogió el teléfono y tecleó un número. Sin duda estaba llamando a alguien para contarle que me había visto. ¡Perfecto! ¡Estaban empezando a reconocerme!


La llave era enorme, sujeta a un llavero de plomo con forma de peonza con el número de la habitación escrito en la parte más ancha. No me había fijado hasta ahora en la forma y el peso del llavero. Llegué a la puerta, la abrí, entré, encendí la luz, y al levantar la cabeza me vi reflejado en el espejo del armario. Tenía una enorme mancha de sangre en mi abrigo que provenía de mi nariz. Todo era aún mejor, ¡la lluvia de sangre provenía de mí! ¡Mi alcohólica sangre!


Por la mañana me corté un dedo accidentalmente con el cuchillo del desayuno. Salí a la ciudad con una venda. Visité la librería de un rabino judío que se negó a venderme los libros que le pedí. Por la tarde fui a misa. El cura parecía el menos interesado de todos los presentes en la ceremonia, que conseguía hacer aburridísima. Salí a la mitad de la primera lectura y entré en otra iglesia, justo enfrente. Las dos iglesias, que son idénticas, están situadas simétricamente a la salida de una gran plaza. ¡Youvarra, eres un cabrón satánico! En esta otra Iglesia también había misa, que encontré en el punto exacto de la  otra. Fascinado y horrorizado a la vez por la simetría de las ceremonias me senté en el último banco y retomé la liturgia. Hacía mucho frío en la calle y la iglesia estaba llena de gente dormitando. Este cura también ponía todos los obstáculos posibles para que cualquiera de los presentes atendiera sus palabras más de un minuto seguido. Bien podría haber dicho “hermanos, todos vosotros que estáis aquí vais a ir al infierno porque sois un inaguantable atajo de ratas sarnosas”, y nadie se hubiera dado cuenta. Yo hacía esfuerzos por atender a sus palabras porque me estaba pareciendo cada vez más probable que estuviera creando una niebla mental para reírse de mí, insultarme, inducirme al sueño para profanarme.

–…será cortado el tal varón de entre su pueblo, a fin de quetraiganlos hijosdeIsraelsussacrificios,losquesacrificanenmediodelcampoparaquelostraiganaJehováalapuertadeltabernáculodereuniónalsacerdoteysacrifiquenellossacrificiosdeJehováy…

Un bulto negro y borroso cayó al suelo, cerca del altar, haciendo un ruido parecido al de una nuez gigante al romperse. La gente necesitó unos instantes para despertar. Una mujer enlutada estaba tumbada en el suelo en posición fetal, en medio del pasillo central de la iglesia. Se había quedado dormida al borde del banco y caído al suelo. La levantaron entre dos personas y la sacaron de la iglesia. Un gran charco de sangre quedó allí en medio, reflejando como un espejo rojo la cara del cura. Aparecieron un cubo y una fregona seguidos de un fraile muy viejo de barba blanca. Una mujer insistió en fregar ella el suelo, sin duda en señal de sacrificio, pero el monje, que tenía voto de silencio, se lo negó por señas. Si alguien estaba a punto de hacer algo por los demás que después habría de ser tenido en cuenta en el cielo, ése era él. Mientras tanto, el cura no se movió del altar, ni dijo ni una palabra tampoco. Con el suelo limpio al fin y el espejo rojo desaparecido, el cura, que tenía un dedo señalando en el libro el punto donde había detenido la lectura, siguió exactamente donde la había dejado.

–…elsacerdoteesparcirálasangresobreelaltardeJehováalapuertadeltabernáculode…

Siguió una carcajada enorme. Sin duda debía haber sido un milagro, que sofisticado y teatral se había producido para animar la ceremonia.


Esa noche, en el hotel, me quité la venda que cubría la herida de mi dedo. Estaba muy limpia, aunque todavía totalmente abierta. Separando el corte podía incluso verse el hueso. Pero no había ni una gota de sangre. Era evidente que estaba a punto de cicatrizar. Salí por la ventana y, como una silueta negra, recorrí las calles volando. Toda la ciudad era transparente.


Desperté exactamente a las ocho de la mañana. Las sábanas estaban manchadas de sangre. La herida del dedo había sangrado muchísimo durante mi sueño. Me vestí y salí rápidamente a la calle. Tenía muchas ganas de volver al lugar donde dos noches antes había confundido mi hemorragia nasal con una de las siete plagas. Ya no quedaba nada de sangre ni de nieve. Había sangrado por dos sitios distintos y por causas que no tenían nada que ver. Aunque esta situación me parecía muy excitante fui a una farmacia y compré una venda que me puse bien apretada en el dedo. Esa noche soñé de nuevo que recorría la ciudad volando como un espíritu. Comiéndomela, convirtiéndola en mi alimento… Un sabor salado me despertó exactamente a las tres de la mañana. Me incorporé con violencia y un surtidor de sangre salió de mi nariz hacia las sábanas. Intenté encontrar la luz palpando, tiré la lámpara de la mesilla al suelo, me levanté descalzo y sentí un dolor terrible en el pie. Tanteando por la pared llegué al baño. La sangre que me salía por la nariz me cubría casi medio cuerpo, y uno de los cristales de la lámpara rota me había cortado el pié. La pared y el suelo estaban llenos de mis huellas sanguinolentas. La habitación tenía un aspecto de catástrofe abismal. Una lamentable epifanía la que se me ofrecía.


¿Debía quizá comerme a mí mismo?


A la mañana siguiente salí rápido por la puerta del hotel en dirección al templo de la Gran Madre. Tenía una urgente necesidad de mear en sus paredes. Quería sonarme la nariz con el Pañuelo Santo, apagar piras funerarias, reírme de los santos,  interrumpir un discurso del papa, fingir ser el conde Saint Termain y seducir un convento de monjas, violar a un abducido, comer un filete en la mesa del rey Saulorón, beber cerveza en el Santo Grimal, usar la cabeza de Baphomet el Bautista de macetero, y los Tablones de la Ley como astillas para la chimenea. Saboreando estos deseos el día pasó rápidamente. Volví al hotel por la noche. El encargado me recibió con una sonrisa acartonada, me estaba esperando. Después de unos minutos de conversación intrascendente me preguntó crudamente y sin dejar de sonreír si no desearía trasladarme a otro hotel. El muy estúpido debía de pensar que estaba haciendo misas negras cada noche en la habitación de su hotel Des Macistes. Muy serio hice un triángulo juntando mis manos por los pulgares y los índices y situé mi ojo en la cúspide mirándole fijamente.

–¿Entiende? –pregunté.

El  encargado hizo más grande su sonrisa. Cretino… Me voy al sur mañana.


Llego a Minervo por la noche, muy tarde. He tomado suficiente morfina para dormir a un cerdo grande. He dejado crecer mis uñas, las he afilado y pintado de negro. Pregunto en el hotel por un buen restaurante. El hombre de la recepción es un especimen del tipo b. Ha sido abducido y todavía no lo ha recordado. Se siente seguro y dominante, pero cierto día empezará a sentir una enorme inseguridad que lo transformará en un esclavo del miedo. Me da unas indicaciones absurdas. Está ofendido porque no quiero cenar en el restaurante del hotel. Le dejo con la palabra en la boca y me voy. Camino por la calle casi dormido. No hay nadie. Las fuentes hacen un ruido horrible, dioses en continua orgía. Les extiendo mi dedo medio como un mudra poderosísimo y se callan durante un rato. Veo un restaurante. El Escondite de Cagliastro. Me gusta el nombre. Entro, me siento, pido dos carpaccios de carne y me quedo dormido sobre la mesa.


Al día siguiente voy a las Catacumbas de los Caputtanos. Algunos esqueletos me piden que les ayude a salir de allí. Dicen que sufren por las miradas de la gente, creen que la gente los mira. Un caso grave de paranoia. Uno de ellos se ríe a escondidas a mi paso, ¿De qué te ríes puto esqueleto?...


Por la tarde visito a un exorcista, el padre Bassile Tagrua. Tiene más de cien años y me confiesa que hace mucho tiempo que no hace exorcismos. Para enfrentarse al maligno hace falta mucha fuerza, me cuenta. Le digo que lo único que quiero de él es hacerle una foto. Posa con mucha coquetería y me da un libro, un drama en tres actos titulado “McCaín”. Me voy feliz al hotel. He comprado un juego de pesas que guardo, sin usar, en la habitación que es, una vez más, ridículamente grande. Un pasillo, habitación recibidor con sofá, mesa con seis sillas, mueble bar, cocina, dos baños, un dormitorio y  el dormitorio principal con una cama doble de matrimonio. La pared de enfrente de la cama está ocupada totalmente por un espejo en el que llevo ya un par de noches viendo de refilón a alguien reflejado. Pero cuando miro directamente allí, estoy sólo yo. Seguramente es el maldito habitante del espejo. Ése que aparece sólo cuando no lo estás mirando.


La inquietud que me produce ese reflejo me impide dormir. Tomo una pastilla, no me hace ningún efecto, dos, tres, ¡tomaré el bote entero para dormirme si hace falta!......


Me despierta el teléfono. No le he dado este número a nadie. Así que imagino que me llaman desde recepción. Malditos incompetentes.

–Hola –dice una voz de mujer–, soy yo.

–Hola –contesto, sin saber todavía quién es.

–Bueno, ¿cómo estás? –me pregunta.

Dudo unos instantes, todavía estoy adormilado y no sé si seguir hablando hasta averiguar quién es. De repente me siento mal, incómodo. Busco un reloj, no lo encuentro. Me han despertado en medio de la noche para mantener una charla absurda. –¿Quién eres? –pregunto muy serio. Realmente enfadado.

–¿No me conoces? Soy… 

Una décima de segundo antes de oír su nombre la reconocí. Y recordé a la vez el olor del hombre negro que me anunció mi inmortalidad, el que aquel día no había conseguido localizar. Era esta mujer quien lo desprendía. Tenía la espalda ligeramente cargada y siempre me pareció que el olor venía de ahí, de su espalda. Todo a su alrededor era catastrófico, todos sus conocidos sufrían accidentes inverosímiles, la gente de su entorno se sentía triste y agotada. Yo había comenzado por temerla, y había terminado odiándola.


De repente tengo una siniestra sensación, ¿está llamándome desde la recepción?

–Te llamo porque tenía que contarte algo muy importante, muy, muy importante, pero como llevas mucho tiempo sin querer hablar conmigo no sabía si esta vez cogerías el teléfono… –Le estaba dando a todo su discurso un aire misterioso y lastimero–. ¿Te lo cuento?

–Cuéntamelo si quieres.

–Te lo cuento, entonces. Estaba durmiendo en mi cama. Como no puedo dormir si entra la más pequeña luz en la habitación, además de usar antifaz procuro que haya oscuridad absoluta en mi dormitorio. No recuerdo si alguna vez te he dicho que tengo miedo de sacar las manos fuera de las sábanas desde que mi tía me contó algo que le pasó durante la guerra civil. Su hermano había sido fusilado, y su muerte había dejado en toda la familia un sentimiento de culpa. Si le hubieran insistido más aquella tarde en que no fuera al pueblo… ellos sabían que era peligroso, esos días. Pero el insistió en comprobar el estado de una casa que tenían allí, y nunca volvió. Una noche, mientras rezaba el rosario en la cama, a oscuras, mi tía notó cómo una mano invisible sujetaba la suya. Gritó con verdadero terror. Era la mano de su hermano la que la sujetó por unos momentos. Pero no percibió en su tacto odio ni rencor. Más bien era un tacto cálido, como queriendo decir que todo estaba bien, que ella no tenía ninguna culpa por su muerte. Desde que me contó esto, cada vez que despierto y noto que tengo una mano fuera, inmediatamente la guardo con respeto debajo de las sábanas. Hace unas noches, desperté a una hora indefinida. Estaba bien tapada, así que todo estaba bien. Pero tenía el antifaz mal colocado. Al volverme para ajustármelo vi un minúsculo punto en la oscuridad. No distinguía su forma pero parecía que tenía un cierto movimiento. Pensé que estaba soñando o que lo estaba imaginando. Estaba muy cansada, me di media vuelta, me ajusté el antifaz y metí la cabeza debajo de las sábanas cuidando de que no quedara fuera ni un solo dedo del pie. Pero no podía dormir, en mi mente aquella cosa seguía allí, misteriosa. Volví a mirar levantándome lentamente el antifaz. Ahora era más grande pero no pasaba de ser del tamaño de una nuez. Tenía un movimiento hipnótico, ondulado, como si respirara. Me quedé mirando extasiada durante mucho tiempo. No me daba miedo, pero quise encender la luz. Apreté el interruptor de la lámpara de la mesilla y la luz no se encendió. Probé con el de la lámpara del techo que podía alcanzar desde la cama, tampoco funcionó. Aquello no me inquietó tanto, en realidad no sentía miedo, pero aún así no estaba dispuesta a salir de la cama por nada del mundo. Cuando volví a mirar vi que su tamaño había aumentado. Ahora lo veía mucho más claramente. Era algo, no sé cómo llamarlo, que parecía hecho de un material reflectante. No tenía el movimiento similar al respiratorio que me pareció al principio, sino que giraba sobre sí mismo. Sus formas, la disposición de sus brillos, me hicieron pensar que su movimiento era orgánico. Estaba deseando que se hiciera más grande, segura de que iba a ocurrir, que aquella cosa tan extraña estaba creciendo para que yo la viera. Así fue, ahora era ya bastante grande, lo suficiente como para que descubriera formas reconocibles en la superficie. Salientes que me recordaban a los de una columna vertebral en una espalda, seguidos de formas lisas y… ¡de repente nuevos salientes que me mostraron un perfil! El perfil de una cara boca abajo, una parte lisa de nuevo y ¡otra vez el perfil de esa cara! Ahora se pone derecho, gira y ¡veo claramente una cara de frente! Justo en este momento se hace aún más grande. Pero en este instante me doy cuenta de que en realidad esta cosa no está creciendo, lo que pasa es que está acercándose hacia mí. Me animé a sacar un brazo fuera de las sábanas e intentar tocarlo. Parecía ya al alcance de mi mano pero no fue así, de hecho seguía acercándose, cada vez más de prisa, y, cuanto más grande era, más lejos parecía estar. Ahora me daba cuenta de que su tamaño era enorme y de que estaba muchísimo más lejos de lo que creía. Pensaba que estaba al alcance de la mano y en realidad tenía probablemente el tamaño de un planeta. Estaba viendo su movimiento de rotación. Parecía hecho de un material muy duro, una especie de metal bruñido como un espejo. Reflejaba luz, pero no había ninguna alrededor. En uno de los giros descubrí un enorme ojo reflejado en el planeta cabeza, otro ojo, nariz, una cara entera. Me di cuenta entonces de todo. ¡Estaba reflejando tu cara! ¡La cabeza era tu cabeza! Ahora se encontrába ya muy cerca, podía oír un leve sonido, una vibración cada vez que alguna de sus protuberancias pasaba cerca de mí, entonces me di cuenta otra vez de que estaba equivocada, ¡la cabeza no venía hacia mí, era yo quien iba hacia ella a toda velocidad! Iba a entrar en su atmósfera y a colisionar con ella. Me parecía una película de ciencia ficción, esa imagen típica de la nave espacial acercándose a un planeta a velocidad de vértigo. La vibración se hacía más fuerte, ahora estaba ya muy cerca, era un increíble espectáculo, ¡¡¡un mar de bronce donde se reflejaba tu cara!!!, estaba a punto de chocar con la superficie, cien metros, cincuenta veinte, diez… ya…. menos mal que debe ser un sueño… atravesé la superficie, su extrema dureza era solo una apariencia, me encontré dentro de un millón de reflejos de tu cara… Llaman a la puerta, voy a abrir…


Sus últimas palabras me molestan muchísimo. ¿Cómo que te vas a abrir la puerta? ¡Estás dentro de mi cabeza planetaria! Si la has visto así es porque, te lo juro, yo la siento así en estos momentos, gigantesca, fría, dura, reflectante… y deforme…………..

………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………… Estoy en mi cama, tapado hasta el cuello, mirando mi cabeza reflejada en el espejo de la habitación, con el auricular del teléfono en la mano, sobresaliendo de entre las sábanas, pegado a mi oreja. Pero sólo oigo un sobrecogedor silencio.


Han pasado millones de años. Ahora me siento como un motor hecho de carne fría y dura.


Recuerdo que por las noches, siendo niño, me tumbaba en el sofá de la casa de mis padres para ver la televisión, tapado hasta el cuello con una manta gruesa. Me sentía invulnerable. Una de aquellas noches me invadió una emoción demente y, mordiéndome histéricamente el dedo índice, grité en mi pensamiento “¡monstruos y demonios, venid si os atrevéis, aquí os espero!” Un instante después entró por la puerta, a toda velocidad, una procesión de monstruos y demonios que vinieron directos a cobijarse debajo de mi manta, donde se hicieron fuertes. Mi manta protectora estaba llena de monstruos, tenía que dejarla, quemarla. La protección estaba ahora fuera, en la oscuridad.






Fijo mi atención de nuevo en el teléfono. No oigo nada, sólo hay un enorme vacío, no veo ningún monstruo. Están aún debajo de la manta, se han comido mi cuerpo pero mi cabeza está afuera, a salvo. Miro con obsesión mi cabeza reflejada en el espejo, sólo mi cabeza. Ya no están la habitación, la cama, los hombros, el brazo sosteniendo el teléfono. Ahora hay una completa oscuridad alrededor. El mundo ha desaparecido, ha caído por fin con sus trampas. Ahora está sólo mi cabeza, mi pensamiento, duro y opaco, que percibo con absoluta claridad. Enorme, universal. Ésta es la única existencia que me parece válida. El punto máximo de perfección, que me resulta muy familiar. Estoy en un escenario donde actúo y veo la obra a la vez. El silencio…………. Siento una enorme necesidad de gritar. ¡Paranoicos del mundo!, ¡os alabo, os celebro!











¿Qué es ese bip? ¿De qué os reís?





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Publicado en el catálogo de Marina Nuñez “FIN”, Musac, León, España. 2009.

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